22 de febrero de 2009

Fantasía en La Coelleira



Como cada mañana, subió por el estrecho camino rodeado de helechos. Dejó a un lado aquel árbol, la única sombra de todo el islote y continuó subiendo poco a poco, costosamente. Pasó sobre cada una de las piedras incrustadas en el suelo. Las conocía a todas, se las sabía de memoria. Según iba llegando a la zona más alta, comenzó a ver el hermoso paisaje que se le ofrecía a la vista. Se imaginaba viendo los confines del mar, esos que no existen. Notaba el viento sobre su cara, sentía la lluvia mojando su rostro y esperaba. Esperaba hasta que veía llegar alguno. Entonces corría, saltaba, gritaba. Gesticulaba aparatosamente con sus brazos y como en todas las ocasiones de cada día, como siempre al ver uno de aquellos barcos, éste pasaba de largo. Nunca paraban. A veces le parecía que le miraban, que le habían visto, pero nada. Todavía recordaba aquella pequeña embarcación que ayer había atracado en el pequeño y deteriorado puerto de la isla, el único sitio por el que uno podía acceder a aquel terruño. Al levantar la vista, oyó el ruido de los motores. Bajó corriendo por la cuesta. En su frenesí, tropezó y cayó rodando. Se incorporó rápidamente y continuó bajando. Saltando sobre cada una de las piedras del camino. Pisándolas todas.
Cuando llegó abajo, la lancha tenía encendido su motor. Estaban a punto de soltar las amarras. Les gritó. Gritó todo lo fuerte que pudo y le pareció que incluso se oía un eco. ¿Cómo podían no oirle?.Aquellos hombre miraban hacia donde estaba pero no hacían nada. Se desgañitó y no le sirvió de nada. Se sentó en el suelo rendido, con dificultades de respiración y desde allí vio como terminaban de levantar el risón y como se preparaban para partir. Lo intentó de nuevo, se levantó, volvió a gritar, corrió hacia el pequeño muelle y se tiró al agua. Nadaba y gritaba mientras iba hacia la lancha y le seguían ignorando. Era como si no existiera, como si no estuviera. Y seguía lloviendo y el viento continuaba soplando cada vez más enfurecido.
Sobre la isla, como siempre, grandes bandadas de gaviotas alborotadas lanzaban al aire sus potentes gritos como diciendo quién mandaba allí. De quién era aquel pedazo de terreno dentro del mar. Ellas también le ignoraban. Tampoco le hacían caso.
Marchó de nuevo cuesta arriba y se sentó, en la cima, junto al antiguo faro abandonado. Mientras subía, había pisado cada una de las piedras del camino. Estaba claro que nunca saldría de allí.
Como cada año ella llegó a la isla. Su padre la acercó en su barco pesquero, con el que salía a faenar cada mañana. Subió la cuesta por entre los helechos y dejó a un lado el solitario árbol. Y lo hizo pisando cada una de las piedras, también como siempre. Cuando llego a lo más alto, observó el viejo faro y desde allí sentada en una piedra miró hacia el horizonte, sobre aquel verde mar. Tras un rato se acercó a la piedra y junto a ella y a aquel nombre grabado, dejó las flores. Las flores que traía cada año. Las flores con que recordaba a aquel que tanto había querido.

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